El escándalo del pensamiento de Spinoza en el siglo XVII y su ruptura con la tradición

El 27 de julio de 1656, la próspera congregación judía de Ámsterdam emitió un decreto de excomunión (cherem) de una dureza inusitada y una severidad implacable contra un joven comerciante y estudiante del Talmud de apenas veintitrés años, llamado Baruch Spinoza. Las razones exactas y minuciosas de aquel edicto histórico no quedaron exhaustivamente registradas en el documento de expulsión que ha llegado hasta nuestros días, pero la historia del pensamiento filosófico y el posterior corpus literario del autor han demostrado con creces cuáles fueron las "herejías espantosas" y los actos monstruosos que motivaron una condena tan categórica. Para comprender la magnitud de este evento, es imperativo situarse en el contexto histórico y teológico de la época. La comunidad judía sefardí de Ámsterdam estaba compuesta en gran medida por antiguos marranos o criptojudíos portugueses y españoles que habían huido de las hogueras de la Inquisición en la Península Ibérica, buscando en los Países Bajos un refugio donde practicar su fe en libertad, aunque bajo estrictas normas de cohesión interna para no alterar la tolerancia civil de las autoridades calvinistas holandesas.

En este frágil ecosistema de supervivencia religiosa y dogmatismo teológico, en un siglo XVII absolutamente dominado por las querellas eclesiásticas y el reciente pero avasallador paradigma filosófico instaurado por el dualismo de René Descartes, la propuesta intelectual incipiente de Spinoza supuso un seísmo de proporciones incalculables, una auténtica bomba de relojería en los cimientos de la civilización occidental. Al atreverse a desmantelar sistemáticamente la concepción judeocristiana de un Dios personal, providente, creador del universo a partir de la nada (creatio ex nihilo) y dotado de libre albedrío, Spinoza no solo desafiaba la ortodoxia sagrada de su propia comunidad sinagogal, sino que dinamitaba las bases metafísicas compartidas por toda la intelectualidad europea, fuesen católicos, protestantes o judíos. El Dios bíblico que juzga, castiga, premia, se indigna y altera el curso ordinario del universo a voluntad mediante la intervención de los milagros, fue sometido por Spinoza al más frío e implacable bisturí de la razón geométrica.

El escándalo del spinozismo, que le valió el epíteto de "ateo" y "hereje" durante más de un siglo, radicaba fundamentalmente en su atrevimiento sin precedentes para aplicar el método geométrico y racional-deductivo no solo a la física elemental, la mecánica o la matemática, sino a las esferas supremas e intocables de la metafísica, la ontología, la ética y la teología. Su gran obra maestra, la Ética demostrada según el orden geométrico (Ethica ordine geometrico demonstrata), que fue redactada en latín a lo largo de muchos años y publicada póstumamente en el año 1677 por sus amigos más cercanos para evitar la censura en vida, erigió una arquitectura deductiva implacable que, partiendo de definiciones formales, axiomas evidentes por sí mismos y postulados, concluía de manera inexorable la absoluta y total necesidad de todo lo existente.

Esta ruptura radical con la tradición escolar y teológica implicaba una profunda y dolorosa reevaluación del lugar que ocupa el ser humano en el cosmos. Hasta la irrupción de Spinoza, y de manera muy marcada y explícita en la metafísica de Descartes, el ser humano era considerado un "imperio dentro de otro imperio" (imperium in imperio), una excepción milagrosa a las leyes mecanicistas de la naturaleza gracias a la presunta posesión de un alma inmaterial, divina y una voluntad absolutamente libre capaz de iniciar cadenas causales desde cero. El racionalismo radical e ilustrado de Spinoza abolió este privilegio ilusorio y antropocéntrico de un plumazo. Al establecer un monismo sustancial inquebrantable, la Ética redujo todas las acciones de los hombres, sus pensamientos más íntimos, sus decisiones aparentemente libres y sus pasiones más turbulentas a las mismas leyes universales inmutables que rigen la caída parabólica de una piedra, el crecimiento de las plantas o las órbitas de los cuerpos celestes. El universo spinoziano es un tejido compacto, un bloque macizo de necesidad geométrica en el que absolutely nada es contingente, donde el libre albedrío humano se revela como un autoengaño producto de la ignorancia estructural de nuestra mente, y donde la verdadera libertad solo puede florecer a través del esfuerzo racional, arduo y reflexivo por comprender, asumir y abrazar con alegría la inexorabilidad del todo.

El presente artículo filosófico, destinado a la reflexión profunda, expone de manera exhaustiva, sistemática y exegética los pilares fundamentales de este determinismo metafísico revolucionario. A través de un análisis riguroso, nos adentraremos en el monismo inmanentista de la sustancia, descifraremos la inquebrantable red de la concatenación causal infinita que rige el universo, examinaremos la demolición crítica y psicológica de la voluntad cartesiana mediante sus ejemplos más ilustres, y finalmente, coronaremos el recorrido abordando las profundas y sanadoras implicaciones éticas orientadas a la conquista de la auténtica paz mental y la salvación a través del entendimiento.

La arquitectura del ser: El Monismo Sustancial y el colapso del dualismo

Para comprender la magnitud abrumadora del determinismo que postula Baruch Spinoza, es metodológicamente imperativo analizar primero la base ontológica fundacional sobre la cual se erige todo su sistema: el monismo inmanentista de las sustancias, una refutación directa y frontal de la herencia escolástica y cartesiana. René Descartes, en sus Meditaciones Metafísicas y en los Principios de la Filosofía, había postulado, en un intento de conciliar la nueva ciencia mecanicista con los dogmas de la Iglesia, la existencia de tres sustancias fundamentales que conformaban el tapiz de la realidad: la sustancia pensante (res cogitans, que comprende las mentes finitas y las almas inmateriales de los seres humanos), la sustancia extensa (res extensa, que abarca todo el universo físico, espacial, gobernable por la física y la geometría) y la sustancia infinita y perfectísima (Dios), siendo las dos primeras sustancias creadas, finitas y ontológicamente dependientes de la voluntad creadora de la última.

Spinoza somete esta taxonomía ontológica tripartita a una crítica lógica verdaderamente devastadora en la Parte I de su Ética (De Dios). Partiendo de la definición tradicional de "sustancia" que el propio Descartes y la escolástica aceptaban —como aquello que es en sí mismo y se concibe por sí mismo; es decir, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de ninguna otra cosa para poder formarse en la mente—, Spinoza despliega una deducción que no deja escapatoria. Argumenta que, si dos sustancias tuvieran exactamente la misma naturaleza o atributo, no podrían distinguirse lógicamente la una de la otra (serían la misma); y si tuvieran naturalezas o atributos radicalmente distintos, no tenían nada en común, y por ende, una no podría en modo alguno ser la causa de la otra, ya que lo que no tiene nada en común no puede interactuar ni transferir causalidad.

La conclusión lógica, implacable e ineludible de estas premisas es que es ontológicamente imposible que existan múltiples sustancias en el universo. Si la sustancia es verdaderamente independiente e incausada, solo puede existir una única sustancia, una realidad absolutamente infinita, que debe ser necesariamente causa de sí misma (causa sui) y estar dotada de una infinidad de atributos que expresan su esencia eterna. A esta única, omnipresente y omniabarcante sustancia, Spinoza la llama indistintamente Dios o la Naturaleza: Deus sive Natura.

Dimensión Ontológica Cartesiana Dimensión Ontológica Spinoziana Implicación Metafísica Fundamental
Sustancia Infinita (Dios trascendente) Única Sustancia Infinita (Deus sive Natura) Dios pierde su trascendencia. Es la totalidad misma de lo real, inmanente a todo.
Sustancia Extensa (Res Extensa) Atributo de la Extensión La materia no es algo indigno o ajeno a Dios. El universo físico es una expresión divina de la sustancia.
Sustancia Pensante (Res Cogitans) Atributo del Pensamiento El alma humana pierde su estatus de sustancia independiente. Es un modo del atributo del pensamiento.

La expresión latina Deus sive Natura no es una mera fórmula retórica, sino el núcleo matemático de un inmanentismo incondicional. Para Spinoza, Dios y la naturaleza son términos estrictamente equivalentes; no existe un creador trascendente y ajeno que opere desde un más allá dirigiendo el teatro del mundo. Todo lo que existe, desde los cúmulos de galaxias hasta los pensamientos más íntimos, no son sino afecciones, expresiones o "modos" de esta única sustancia divina y eterna.

Para sistematizar esta abrumadora totalidad de lo real, Spinoza divide conceptualmente a la Naturaleza en dos dimensiones intrínsecamente inseparables:

  • Natura naturans (La Naturaleza naturante): Es Dios en cuanto se le considera como sustancia activa, causa inmanente y libre por la sola necesidad de su ser.
  • Natura naturata (La Naturaleza naturada): Es la inmensa totalidad de lo que se sigue lógica y necesariamente de la naturaleza de Dios: los efectos inmanentes, desde las leyes universales hasta las cosas singulares.

Bajo este imponente y hermético marco ontológico, el antropocentrismo pierde toda su validez. El ser humano deja de ser el rey de la creación. No somos sustancias independientes, sino modificaciones temporales (modos) de la Sustancia única. En consecuencia, Dios no ejerce una "voluntad" de manera análoga a un rey legislador, pues Dios actúa única y exclusivamente por la sola y ciega necesidad de la perfección de su propia esencia.

La red inquebrantable de la causalidad: La erradicación ontológica de la contingencia

Derivada de la inmanencia radical de Dios surge el segundo gran pilar: la necesidad incondicional de todos los fenómenos del universo. Al igual que del concepto mismo de un triángulo se sigue necesariamente que la suma de sus ángulos equivale a dos rectos, de la esencia divina se siguen de forma ineludible todas las cosas que configuran la realidad.

En la Parte I de la Ética, Spinoza asesta el golpe definitivo contra cualquier forma de indeterminismo:

"En la naturaleza no hay nada contingente, sino que, en virtud de la necesidad de la naturaleza divina, todo está determinado a existir y obrar de cierta manera." (Ética, Parte I, Proposición 29).

Esta contundente proposición constituye el acta de defunción del indeterminismo. La ilusión humana de la "contingencia" habita exclusivamente en el plano de la ignorancia: llamamos a una cosa "contingente" simplemente porque nuestro entendimiento finito ignora la colosal cadena total de causas ocultas que han concurrido de manera necesaria para producirla. La contingencia no es una propiedad de las cosas; es la confesión sintomática de nuestra propia ignorancia sobre el orden del universo.

Esta férrea determinación causal queda blindada con una contundencia geométrica que no deja lugar a la duda teológica:

"Las cosas no han podido ser producidas por Dios de ninguna otra manera y en ningún otro orden que como lo han sido." (Ética, Parte I, Proposición 33).

Invalida desde sus cimientos la doctrina de que Dios tuvo múltiples opciones de universos a crear. Si Dios hubiera podido crear el mundo de otra manera, eso implicaría que la naturaleza divina es mutable o sometida al capricho. Pero dado que todo fluye matemáticamente de la esencia inmutable de Deus sive Natura, el orden presente es la única manifestación real y necesaria del Ser.

En el nivel operativo de los "modos finitos", esta concatenación causal opera de manera regresiva ad infinitum. Un cuerpo material se mueve única y exclusivamente porque ha sido determinado por otro, y este por un tercero, ininterrumpidamente. En esta cadena horizontal infinita, la causa última e inmanente que sostiene cada eslabón es la Sustancia infinita misma.

La demolición psicológica cartesiana: La ilusión del libre albedrío humano

Una vez establecida la maquinaria determinista macroscópica, Spinoza aborda la naturaleza de la mente humana. René Descartes había sostenido que el ser humano posee una voluntad libre, infinita y absoluta, marca de Dios en el alma. Spinoza pulveriza este dualismo: la mente no es una entidad sobrenatural, es simplemente la "idea" del cuerpo humano.

Para el filósofo neerlandés, el libre albedrío no es un misterio insondable, sino una alucinación cognitiva, un error infantil producto de nuestra constitución biológica. Al ser la mente un modo del atributo del Pensamiento paralelo al cuerpo físico, está sometida a la misma determinación y leyes de necesidad que la extensión física.

Spinoza aplica la misma rigidez en la Parte II de la Ética, emitiendo un aserto demoledor respecto a la presunta facultad volitiva del hombre:

"En el alma no se da ninguna voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer esto o aquello por una causa, que también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito." (Ética, Parte II, Proposición 48).

Argumenta que la "Voluntad" general no existe; es un concepto ficticio que construimos para agrupar nuestras decisiones. Lo que existe son "voliciones" singulares y determinadas. Así como una bola de billar requiere de un impacto cinético para desplazarse, una decisión humana requiere ineludiblemente una causa previa que la determine.

Además, para aniquilar el error de Descartes, Spinoza colapsa la distinción cartesiana: "la voluntad y el entendimiento son lo mismo" (voluntas et intellectus unum et idem sunt). Toda idea concebida conlleva una afirmación intrínseca. El pensamiento no se reduce a meras "pinturas mudas"; tener una idea implica ya afirmar su contenido.

Para ilustrar por qué sostenemos de manera tan obstinada la ilusión del libre albedrío, Spinoza desarrolló en su correspondencia el famoso ejemplo de la "piedra consciente" en la Carta 58 a G.H. Schuller:

"Una piedra recibe de una causa externa, que la impulsa, cierta cantidad de movimiento con la cual [...] continuará necesariamente moviéndose. Conciba ahora que la piedra piensa y sabe que ella se esfuerza por seguir moviéndose. Sin duda, esa piedra creerá que es totalmente libre y que la causa de perseverar en el movimiento no es sino que así lo quiere. Y esta es la famosa libertad humana, que tan sólo consiste en que los hombres son conscientes de su apetito e ignorantes de las causas por las que son determinados." (Carta 58).

Este texto revela capas interpretativas profundas: al igual que la piedra, el ser humano reacciona inevitablemente a impactos externos e internos. La ilusión de libertad es un subproducto del aparato cognitivo: la conciencia ilumina el deseo presente, pero mantiene en la oscuridad las cadenas causales que lo engendraron. Como añade Spinoza irónicamente: "el niño cree apetecer libremente la leche, el chico irritado querer la venganza, y el tímido la fuga". La falsa libertad es ignorancia cristalizada.

La verdadera libertad spinoziana: La emancipación a través del conocimiento de la necesidad

Tras la demolición de la libertad vulgar, Spinoza erige su revolucionario concepto de "verdadera libertad". Si la voluntad incausada es imposible, el antónimo de libertad no es la necesidad, sino la coacción o servidumbre. Una cosa es "libre" cuando existe y obra por la sola necesidad inmanente de su propia naturaleza.

Bajo este estándar, solo Dios es perfectamente libre. No obstante, el ser humano puede aspirar a grados crecientes de esta libertad a través de la vía epistémica: el ejercicio de la inteligencia. Somos esclavos cuando nuestra conducta es dictada por causas externas (pasiones); somos libres cuando somos la "causa adecuada" de nuestras acciones, emanando de una comprensión racional de la Naturaleza.

El puente que permite transitar hacia la libertad racional se cristaliza en la Parte V de la Ética:

"Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta." (Ética, Parte V, Proposición 3).

Cuando examinamos analíticamente nuestras pasiones (ira, tristeza, terror), analizando las redes causales que las desencadenaron, ocurre una transmutación: la idea confusa se convierte en una idea clara. Al comprender racionalmente el porqué necesario de nuestro padecimiento, este pierde su cualidad de pasión dolorosa.

Dejamos de ser troncos arrastrados por el evento exterior para elevar nuestra mente a una comprensión activa. La libertad no radica en intentar alterar las leyes inmutables del universo, sino en armonizar nuestro entendimiento con el flujo inexorable del Deus sive Natura. Libertad es el conocimiento lúcido y alegre de la necesidad absoluta.

Conclusión: Las implicaciones éticas radicales, la conquista de la paz mental y la superación del remordimiento

La verdadera grandeza de la Ética radica en que converge hacia un propósito existencial pragmático: la instauración de la ética como forma vital de sanación y la obtención de la serenidad inalterable o beatitud. La asunción de que todo está determinado es el umbral para alcanzar una paz mental absoluta.

El razonamiento moral espinoziano es implacable: el error primordial es vivir presa de la indignación, el odio y la culpa, sentimientos alimentados por la falsa premisa de que "las cosas pudieron haber sido de otro modo". El odio se disipa cuando comprendemos que el criminal o el malvado han actuado coaccionados por cadenas causales biológicas y sociales insoslayables. Es tan irracional odiar a la persona que nos ofende como odiar a una nube que nos empapa o a una piedra en el camino.

Asimismo, Spinoza ataca las afecciones autodestructivas como la culpa y la piedad ciega, patologías emocionales alimentadas por un error metafísico:

"El arrepentimiento no es virtud, es decir, que no surge de la razón; sino que quien se arrepiente de lo hecho es doblemente miserable o impotente." (Ética, Parte IV, Proposición 54).

Quien experimenta remordimiento se atormenta bajo la ilusión de que podría haber actuado distinto, debilitando inútilmente su potencia vital. La sabiduría ética no derrama lágrimas sobre los engranajes necesarios del cosmos; nos enseña a comprender matemáticamente el error y a avanzar enfocándonos pragmáticamente en el mayor de los bienes para asegurar nuestra prosperidad.

Finalmente, al erradicar la vanidosa ilusión del libre albedrío y disolver las fantasías teleológicas, el sujeto spinoziano se eleva hacia el "tercer género de conocimiento": la intuición racional suprema. Contemplamos la sagrada concatenación de las cosas y la inmanencia de Dios no bajo la angustia del tiempo fugaz, sino sub specie aeternitatis (bajo el aspecto de la eternidad).

Esta contemplación desencadena el último peldaño: el Amor intellectualis Dei (el amor intelectual a Dios), el conocimiento desinteresado e imperturbable de la infinita conexión cósmica. Baruch Spinoza no humilló la dignidad del hombre; le otorgó el anclaje existencial más sublime posible: la disolución alegre de nuestro sufrimiento individual en la perfección gozosa, serena y eterna del Todo inmanente.

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